Esta experiencia tiene lugar en el aula de Artes escénicas y danza, una materia optativa en 4º de ESO. Esta asignatura pretende posibilitar la expresión corporal, vinculada al teatro y a la danza, como medio de comunicación paralelo y complementario a la palabra y al lenguaje.
La metodología de esta materia —eminentemente práctica— le confiere unas características propias que la convierte en un tiempo lectivo en el que los alumnos pueden sentirse los principales protagonistas desde el punto de vista creativo y de acción. El resultado de cada propuesta busca ser la experiencia consciente de cada participante con el objetivo de mejorar las capacidades comunicativas con uno mismo y con los demás.
Aquel miércoles de hace ya tres cursos, el grupo llegó al aula excesivamente agotado. Se notaba tanto en sus cuerpos como en los ademanes de cada movimiento, tanto en sus voces como en sus miradas. Los miércoles son jornadas largas, con siete periodos lectivos y un breve descanso de apenas treinta minutos, y el ecuador de la semana pesa.
Aquel miércoles el grupo no respondía como de costumbre. Algo pasaba que impedía el fluir y la buena acogida que la clase de artes siempre tenía. Tras varios intentos fallidos para que el grupo entrara en la dinámica, me dispuse a hablar con todos para intentar entender qué pasaba y por qué aquel día fallaba la energía habitual.
«Es que necesitamos una pausa» dijo Carmen. Demasiada presión. Demasiado trabajo. El trimestre también pesaba demasiado en el grupo.
Por entonces, hacía poco tiempo que había escuchado una canción del grupo Izal que se llamaba, precisamente, Pausa. Enseguida cambié la dinámica que tenía preparada y les invité a que se pusieran cómodos, cerraran sus ojos y se permitieran hacer un parón en mi clase: esa pausa que tanto necesitaban estaba permitida y era inminente. Solo había una premisa: escuchar la canción un par de veces y elegir la oración con la que, de manera literal o metafórica, más identificados se sintieran.
Una vez acabada la escucha, cada uno compartió con el grupo la frase elegida y el porqué de esa elección. ¿Qué había en aquella canción que podía servir a mis alumnos?
Cuando todos los miembros habían participado, volvimos a escuchar la canción pero esta vez de pie. Ahora tocaba dejar que el cuerpo se expresara con las palabras cantadas de Izal. Todos cerraron los ojos para evitar que se sintieran observados y juzgados por nadie. Cada cual se movería exclusivamente en la frase elegida y expresaría con el cuerpo aquello que no podía expresar con palabras, como una liberación física de aquella tensión interior que traían.
El resultado me sorprendió de manera absoluta. Aquellos cuerpos que apenas habían reaccionado a mi primera propuesta empezaron a moverse en una especie de terapia grupal a modo de pausa, de sentir colectivo, de vía de expresión a la vez que se sintieron comprendidos y escuchados que, además, estaba cargada de belleza y de arte.
Cuando acabó la música, el silencio fue el protagonista. Algún alumno rompió en llanto y algunos otros se abrazaron. Yo me quedé maravillado de lo que acaba de pasar en mi clase. Todavía hoy, cuando vuelvo a ver el resultado, me sigo asombrando.
En la siguiente sesión, se respiraba de nuevo un aire distinto, más cercano al habitual. Fue entonces cuando propuse a los alumnos darle forma a nuestra pausa para poder grabarla en vídeo y casi convertirla en el himno de aquel grupo de alumnos que ahora ya son universitarios. Hoy en día, cuando alguno de ellos se encuentra de nuevo con aquella canción, me lo hacen saber, agradecidos por permitirles parar y haber sabido entender lo que necesitaban.